¿La nueva era o la misma era?

El bullying sigue existiendo.
Sí, sigue existiendo en esta era Año2024.
Ayer, estaba sentada al solicito cerca del río y pasó un grupo de adolescentes en bicicleta. La realidad es que no sé qué edad tendrían, quizás 12 años. Mi atención no fue hacia lo físico; fue mi oído el que hizo conexiones con mi mente para simplemente escuchar.
Más allá de que últimamente no puedo distinguir ni acertar las edades de los niños adolescentes -ya que por lo general, la gran mayoría se visten “queriendo aparentar ser grandes” y “más sexualizados”-, esto lo escribo por que me genera mucha tristeza que vivan adelantados. Ya no veo más los pantalones y buzos con parches de otros colores en codos y rodillas para tapar agujeros de diversión y aventura. Claro, se hace llamar la nueva era.
Vuelvo al momento donde mi corazón comenzó a latir de nervios al oír esa conversación entre adolescentes. Un varón le dijo a una niña: “Disléxica, ¿no te das cuenta que estamos yendo por la derecha? No es la izquierda”, en tono despectivo, burlón y grosero.
Y acá estoy, con mi impulso de ponerle voz a mi sentir para poder sembrar una semillita de duda. Observarnos en cómo utilizamos nuestras palabras y cuestionarnos si realmente existe la disexia.
A mí me diagnosticaron dislexia, y sé muy bien lo que se siente ser etiquetada.
Luego de muchas pruebas agotadoras, entrevistas con psicólogos y psicopedagoga a mis 8 años me diagnosticaron dislexia.
Sí, dislexia.
Te cuento algunas dificultades que tenía de niña: no sabía distinguir los colores, me costaba la ubicación tiempo-espacial, no memorizaba los números. Tengo que informarte que estas “dificultades” no aprendidas son inventadas por el hombre. Y con esto me pregunto: ¿son certeras?. Nunca se dudaron, nunca se cuestionaron si estaban bien o mal. Claro, en mi hoy esas tres “dificultades” no las tengo. Vivo en la sociedad de los hámster adiestrados. Claro estoy adiestrada también.
Cuando los niños son pequeños, están conectados a la fuente de manera directa. Transmiten la espiritualidad, son grandes maestros espirituales, muestran lo que el ojo del adulto no quiere o no puede ver. Lo demuestran a través del arte, movimiento, habla. A mí me encantaba bailar, cantar y pintar. Peeeero el ser humano los silencia con mil estímulos para no ver la realidad. Entonces, los “profesionales” en vez de observar qué viene esa alma a transmitir, la cataloga en una cajita de dislexia.
Quiero compartirte este relato: un día, mamá, preocupada pero a la vez cumpliendo su rol para explicarme con consciencia qué era la dislexia y transmitirme seguridad, fue a buscar el diccionario para leerme la definición, para entenderla ella y, claro poder transmitírmela a mí. La realidad es qué no recuerdo que definición decía, pero dejó a continuación la que encontré de la Real Academia Española.
f. Med. Trastorno que consiste en una incapacidad parcial o total para leer y para comprender lo que se lee, y que está causado por una lesión cerebral.
Me pusieron en una cajita de “dificultad”, diferente, rara, distinta al resto. Claro, yo me sentía así y me hacían sentir así.
No podia concurrír a todas las actividades del colegio; no me incluían tampoco. Era la que “necesitaba más tiempo”, “la que nunca la hacían pasar al frente a mostrar el resultado de un ejercicio”, “la que nunca, pero NUNCA, levantaba la mano por miedo a decir mal la respuesta y así no exponerme a la burla”.
Niña silenciada.
Hay una anécdota muy graciosa (claro, ahora me río, pero muy absurda) que mi madre me ha contado en varías oportunidades, desde tonos preocupantes hasta desde la risa: la psicóloga del colegio llegó a verbalizarle a mi madre “Valentina no va poder finalizar liceo ni hacer una licenciatura. Va a tener que acudir a UTU a realizar un oficio”.
La UTU, para los que no viven en Uruguay, es Universadad Trabajo del Uruguay, una institución para aprender oficios y así obtener trabajo rápidamente.
Nunca le llegué a preguntar a mi madre si ella realmente, en su corazón, sentía que yo era incapacitada y que me iba a costar mucho poder lograr algo.
Y con esto reflexiono mucho en cómo constantemente estamos etiquetando TODO, y eso genera limitaciones a nivel mental, vincular, emocional, físico. La mente se cree esa dificultad y no ve más allá de eso.
Se dice -en la nueva era- que la dislexia es hereditaria. Mi padre y mi hermano fueron catalogados como disléxicos. Mi padre sufrió mucha violencia física y verbal, fue maltratado y le decían que era burro. Esto lo llevó a dedicara su tiempo únicamente al trabajo, que, por cierto, lo hizo muy bien. No terminó la escuela y logró ser un comerciante brillante, ingenioso, listo, perseverante, rudo, estructurado, loquito, y claro, abundante. Quizás, era su alma, destinada a cumplir ese rol, o quizás fue la violencia vivida la que lo empujó a enfocarse en trabajar como su única manera de poder subsistir y ganarse el respeto.
En mi adolescencia vivía estudiando: con muchos profesores extra curriculares, dejando de vincularme con mis pares, sin bailar, sin dibujar, ni cantar más.
Yo sí era un hámster de escritorio. Al día de hoy no entiendo cómo no me enfermé.
Luego de finalizar liceo, comencé a formarme como psicopedagoga. Angustiada por la carencia de la figura paterna -falleció cuando yo tenía 10 años-, y el registro de la violencia qué él había vivido, le dije a mamá, con voz conmovida y lágrimas en los ojos: “Quiero ser psicopedagoga para defender a todas las personas que son maltratadas por ser disléxicas”. Me dije a mi misma: “Papá, voy a defenderte para que nadie más tenga que vivenciar una situación similar a la tuya”. Y, claro, también era para hacer justicia a las vivencias que yo había atravesado, pero en ese momento no era consciente del sufrimiento que tenía.
Comencé, el primer año. En la institución verbalicé que era disléxica, lo cual me generaba mucha dualidad y seguía autocatalogandome como disléxica. Luego de concurrir un año y darme cuenta que no era mi verdadera vocación, comencé la Licenciatura en Educación Inicial en UCUDAL. Me sentía un poco más en casa, y claramente, no verbalicé que era disléxica. Es más, al día de hoy nadie lo sabe. Me sentía en casa por que estaba en conexión con almas que hablaban mi mismo idioma: el alma del espíritu, los niños. Ellos son los nuevos grandes maestros.
Mi alma, en otra vida, ya había sido maestra, o mejor dicho, había tenido muchos hijos por que me gustaba mucho el nivel maternal. Y mientras escribo esto, en mi plaza preferida de Sevilla, tengo una abeja revoloteando. Las abejas son el animal de poder que simboliza a la maestra. Gracias, universo, por estos mensajes desde el alma.
Finalmente, pude obtener mi título de Licenciada en Educación Inicial. Debo admitir que no he tramitado mi título. Soy consciente que no necesito un título para demostrarle al mundo quién soy. Y seguramente no lo solicito por que en mi ADN sigue latente que nunca iba a poder obtener un título universitario.
Soy consciente que estoy escribiendo esto para seguir sanando mi herida de niña disléxica, solitaria, diferente, que no fue tratada como un ser sensible y espiritual.
Si, sensible. ¿Qué quiero decir con esto? Que estoy en conexión con diversos planos. Claro, nunca tuve dislexia. NO EXISTE LA DISLEXIA.
Esta palabra que se define como “trastorno” fue, y es, inventada por el hombre. El hombre catalogó a la mente humana por categorías de aprendizaje, por seres superiores e inferiores intelectualmente. La sociedad moderna enfoca su atención en la lógica, linealidad y el lenguaje estructurado como única manera de comunicar. Sigo sin entender el concepto de “nueva era”. Personas abanderadas en transmitir que todos somos diferentes y que la libertad es la ley primera. Pero, aún así, sigue existiendo esta y muchas más calificaciones.
Claro, seguramente estés leyendo esto y debas estar pensando: “Necesita seguir en terapia, sigue en la etapa de la negación. Claro que existe la dislexia, bla bla bla”.
Y te respondería: Seguí contándote el cuento que la sociedad quiere que mantengas en tu chip mental. Y seguí siendo igual al resto: UN SIMPLE HÁMSTER DE LABORATORIO, EL HÁMSTER DE LA NUEVA ERA.
Simplemente, mi alma vino a otra cosa. No vino a estudiar lo que la sociedad inventó para encajarnos a todos dentro de un mismo conocimiento. Vino a iluminar, sanar, comunicar que estamos vivos por que estamos en movimiento. Yo vivo desde la manera primitiva de percibir la realidad. Tengo formas de pensamiento visual, simbólico y no lineal. Percibo y proceso la información desde un plano intuitivo, energético, fuera de los límites del lenguaje escrito.
Gracias a mi vuelta a casa. Gracias a reconectar con los maestros de los registros akáshicos, con mis guías espirituales y seres de luz; pude tomar consciencia que no estaba enferma y que tengo sabiduría, amor, abundancia para dar y recibir.
Tengo acceso al lenguaje universal.
Si llegaste leer hasta acá, te digo, gracias.
Si queres volver a conectar con tu verdadera esencia, te invito a realizarte una lectura de registros akashicos. Escribime
A mi me hizo volver a la fuente.
Me encanta bailar y pintar, canalizo información a través de estas dos herramientas mágicas. Las amo, nunca pero nunca mas las silenciaré.
También me gusta mucho escribir mi sentir.
Me honro,
Valentina